LA REBELIÓN DE LAS CAFETERAS

café
Imagen de @gdtography vía Pexels.

Mi cerebro da la voz de alarma y me saca de un plácido sueño, pelea en la cocina. Alberto y Lucía estarán preparándose el Cola Cao y discutiendo, como siempre. Aparto el nórdico de un tirón, dicen que así duele menos. Falso.
Al pasar por delante de sus habitaciones veo que siguen en la cama. Vuelvo a preguntarme quién grita en la cocina.

—¡No puedo creer tanto esnobismo! —dice… ¿Quién lo dice?
—Ni yo esos aires de grandeza. Eres lo más simple que he visto nunca.
—Ahí lo tienes, simple y efectiva. No hace falta tanta parafernalia para hacer un buen café, bonita.
—Deberías estar erradicada. En una tienda vintage, como mucho, cogiendo polvo. No sé cómo has llegado al siglo XXI.
—Por méritos propios, no como vosotras. Escudadas en campañas de marketing y vestidas de modernidad, para ocultar la baja calidad de vuestro grano.
—Calidad la tuya, cuando te enchufan el torrefacto de marca blanca.
—Solo ocurrió una vez, siempre trabajo con Premium. Y tú, ¡a saber qué esconden esas cápsulas de colorines!
—¿De colorines, me hablas? ¿Cuándo se ha visto una cafetera rosa? ¡Rosa! —remuga indignada la Dolce Gusto.
—Eres una segundona. Nunca podrás superar a la reina.
—No menciones su nombre, te lo advierto.
nespresso-cafetera-italianaLa cafetera italiana empieza a silbar, el rosa se vuelve más intenso.

—¡Eres una segundona, queremos una Nespresso para Navidad, queremosssss una Nespressssssooo!
De repente, reparan en mi presencia.
—Dile a Sergio que venga, que opine él —repone la Dolce Gusto, rápida.

Bien jugado, sabe la cabrona que la idea de recuperar la cafetera tradicional fue mía.

La cafetera italiana me hace ojitos, conocedora de que no puedo resistirme a lo mona que es. Ese rosita me vuelve loca. Aun así, procuro ser ecuánime y no decantarme por ninguna. Pongo paz y reafirmo las respectivas bondades: la comodidad de una, la exquisita sencillez de la otra. Jabón, jabón. No tengo precio como diplomática. Cada una, desde su rincón, me mira decepcionada.

No me atrevo a hacerme un café, no quisiera disgustar a ninguna de las dos. ¿Una infusión, tal vez? No, eso desataría otra guerra.
El Nescafé y yo nos miramos. Compungido, pegado a la pared, desearía ser invisible. La tapa roja no ayuda. Me encojo de hombros, haciéndole un gesto de paciencia, y me vuelvo al dormitorio.

A medio pasillo oigo a la Dolce Gusto, sibilina:
—Y tú, eres lo peor, y además descafeinado. ¡Ni siquiera deberían llamarte café! —brama temperamental, con los bares a tope.
Oigo un estruendo y corro a la cocina, temiendo lo peor. Piso la tapa roja nada más entrar, el suelo parece una playa de arena volcánica tinerfeña.

El Nescafé no ha podido con la presión. Siempre cae el eslabón más débil.

Cualquier día me divorcio, abandono a los niños en un zoo y me compro una cafetera profesional. Ella y yo, solas, sin peleas. Un maldito café en silencio. Aún no son las diez, el fin de semana promete.

Con este relato participé en el concurso de LAMUCCA:

Y otro día estresante:

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